TRATADO DE VERSALLES

Versallles

Odio y latrocinio

"El Tratado de Versalles es un dictado de odio y de latrocinio" (Stalin)

Cuando el 11 de noviembre de 1918 se firmó el Armisticio en Compiégne fue con la condición explícitamente aceptada por los países Aliados de que, en el subsiguiente tratado de paz se aplicarían los catorce puntos de Wilson, solemnemente proclamados como finalidad de guerra de los Estados de la Entente.

Las circunstancias bajo las cuales el Armisticio fue firmado deben ser tenidas muy en cuenta. El Alto Mando alemán no solicitó el Armisticio porque sus ejércitos hubieran sido derrotados. En el transcurso de los cuatro años que duró la guerra, las tropas alemanas y austrohúngaras lucharon siempre en territorio extranjero; en Bélgica, Francia, Italia, Serbia, Rumania, Grecia. Rusia... Los Ejércitos Centrales nunca fueron vencidos en el campo de batalla, ni siquiera en Verdún, donde la heroica resistencia de los franceses hizo fracasar la ofensiva de Von Falkenhayn, pero sin que en el contraataque que siguió pudieran los galos obtener ventaja alguna.

El Gobierno alemán solicitó el Armisticio por que los grupos "espartakistas" y comunistas de Rosa Luxembourg y Liebknecht estaban convirtiendo la retaguardia alemana en un campo de batalla y amenazaban con desatar una revolución generalizada del mismo tipo que la sobrevenida en Rusia un año atrás.

Por otra parte, la entrada en guerra de los Estados Unidos convertía en problemática una rápida victoria germánica, y una victoria rápida era imprescindible si se quería evitar que la amenaza bolchevique interior degenerara en un cáncer imposible de controlar.

Berlín pidió el Armisticio sobre la base del programa de Wilson, esto es, de una «paz sin vencedores ni vencidos», para poder dedicar todo el peso de su esfuerzo contra el bolchevismo interior y el que se insinuaba, amenazador, en las fronteras orientales del Reich.

El Armisticio fue firmado como preludio de una paz negociada. Es extremadamente importante tener bien presente este hecho, porque un Armisticio acordado en tales condiciones es muy diferente de una rendición incondicional.

«La guerra no debe terminarse con un acto de venganza. Ninguna nación, ningún pueblo deben ser robados o castigados. Ninguna anexión, ninguna contribución, ninguna indemnización.»

Éstas sabias y generosas fórmulas, que hicieron que el ingenuo Estado Mayor alemán depusiera las armas, creyendo en la palabra de honor y en las promesas de los estadistas aliados, promesas ratificadas bajo firma en el Armisticio de Compiégne, constituyeron, sin duda alguna, el mayor crimen político de la Historia de Europa y prepararon con matemática certeza, la siguiente conflagración mundial.

Bien sabido es que el vencedor se arroga todos los derechos y que dicta la paz. A pesar de todas las fórmulas altisonantes, eslóganes más o menos manidos para narcotizar incautos y reclutar carne de cañón, los "tratados" de paz no son más que la continuación de la guerra por medios diplomáticos, y su finalidad no es determinada por una especie de «justicia inmanente», sino por el objetivo perseguido por las potencias vencedoras.

No obstante, conviene recordar que, en 1871, al final de la guerra francoprusiana, que terminó con la más completa derrota francesa, el canciller Bismarck no exigió más que la devolución de AlsaciaLorena y una módica reparación de guerra.

Alemania no le robó ningún territorio a Francia (1) ni creó, a su alrededor, un «cordón sanitario» de estados artificiales y hostiles, ni la forzó a «reconocer», bajo el chantaje del bloqueo por hambre, su «exclusiva culpabilidad» en el desencadenamiento de la guerra. Alemania no atentó contra el rico e indefenso imperio colonial francés; antes bien, aún facilitó a Francia la posibilidad de una expansión colonial a fin de que se resarciera de sus pérdidas en Europa y recompusiera su prestigio de gran potencia... Sesenta años atrás, cuando el primer Napoleón fue derrotado por una coalición de la que las germánicas Prusia y Austria formaban parte preponderante, Metternich fue el mejor abogado de Talleyrand frente a las exigencias inglesas, y Francia, inerme y a merced de una poderosa coalición de vencedores, fue respetada en la integridad de su territorio metropolitano. Pero la xenófoba actitud de los políticos de París, rencorosos hasta el ridículo, contribuyó poderosamente, en 1918 - con el apoyo de una Inglaterra antieuropea y una Norteamérica desconocedora de los problemas del continente europeo- a la eclosión del llamado «Tratado de Versalles», uno de los documentos más inicuos que fueron jamás rubricados por representantes de naciones civilizadas.



1) Los territorios de Alsacia y Lorena habían sido anexados por Francia. haciendo caso omiso de todos los tratados anteriores, después de 800 años de formar parte de estados germánicos.
He aquí los nombres, tan franceses, de las poblaciones alsacianas de más de cinco mil habitantes: Strasbourg, Mulhausen, Reichshoffen, Pechelbronn, Wissenbou Thann, Savern Haguenau Huningen. Pablsboutg. Colmar, Altkirch, Sohirmeck, Schiltigheim Gtxebwiller, Brischen, Rrumath, Munster. Bitche, Merlebach, Niederbronn, Saarabbe.

Chantaje

En el Armisticio de Compiégne los vencedores estipularon que el Tratado de Paz debería firmarse dentro de un plazo de treinta y seis días, notoriamente insuficiente para resolver todos los problemas planteados. Cada prolongación del estado de Armisticio debía ser comprada por Alemania con nuevas concesiones: entregas de carbón, de material ferroviario, de productos alimenticios, de patentes de invención, de maquinaria...

Entre tanto, los revolucionarios de Alemania alentados y subve ncionados desde fuera desencadenan una serie de revueltas que obligan a la Wehrmacht a dedicarles toda su atención. Puede afirmarse que, sin la acción de los bolcheviques a finales de 1918, y en vista del engaño que se insinuaba, el Estado Mayor alemán habría continuado las hostilidades.

En Compiégne, Alemania había firmado un Armisticio sobre la base de los puntos de Wilson, es decir, prácticamente, una pazempate. Pero entre Compiégne y Versalles, la Entente falta a sus compromisos, se aprovecha - alentánd ola óde la Revolución bolchevique en Alemania, y del tiempo ganado, que permite la llegada de nuevos contingentes norteamericanos a Francia, y modifica fundamentalmente la situación a su favor. En noviembre de 1918, cuando se firma el Armisticio de Compiégne, el Ejército alemán invicto, puede oponerse a una abusiva explotación de la victoria aliada. Pero en febrero de 1919, la Wehrmacht debe luchar en el frente interior contra los rojos y, por otra parte, la Entente ha ganado un tiempo precioso. Londres y París - y ciertas fuerzas internacionales que se mueven entre bastidores - explotarán el nuevo estado de cosas.

El chantaje aparece crudo y descarnado cuando Inglaterra y Francia deciden iniciar el bloqueo por hambre para apoyar sus exigencias, cada vez más desorbitadas. Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo, declara:

«Continuemos practicando el bloqueo por hambre con todo su rigor. Alemania está a punto de perecer de hambre. Dentro de muy pocos días estará en pleno colapso... entonces será el momento de tratar con ella» (Declaración ante la Cámara de los Comunes, 3-III-1919.).

Unos días después, Alemania debe entregar toda su flota mercante a Inglaterra. La flota de guerra seguiría unos días después. Francia, por su parte exige el desmantelamiento de centenares de fábricas, y destruye todo lo que no puede llevarse.

En vano el mariscal Haig, comandante supremo de las fuerzas británicas aconseja poner fin a los abusos y no herir sin necesidad la dignidad del pueblo alemán. Lloyd George, Churchill y su «clique» le recuerdan que sus deberes de militar terminaron con el «alto el fuego». Ahora la palabra es de los políticos, que incluso empiezan a pelearse entre ellos por el derecho a la mayor cantidad posible de despojos del vencido. Es imposible imaginar una más cínica violación de unos acuerdos rubricados solemnemente. La Cruzada del Derecho y la Democracia se ha transformado en un Patio de Monipodio. Los acuerdos de Compiégne ya no cuentan para nada. Clemenceau proclamará, sin ambages: «Los acuerdos pasan, pero las naciones quedan».

Pero hay que adoptar una apariencia de legalidad. Hay que convencer al hombre de la calle de que, siendo Alemania culpable de la guerra, justo es que sobre sus hombros caigan todas las cargas de la misma. Por eso en el «tratado» se incluye una cláusula que dice: «Las potencias aliadas declaran, y el Gobierno alemán solemnemente admite, que la culpabilidad total en el desencadenamiento de la guerra incumbe a Alemania».

El conde BrockdorffRantzau, jefe de la Delegación alemana en Versalles, abandona su puesto, alegando que su concepto del honor le impide apoyar, con su firma, una tal enormidad.

Pero nuevamente Inglaterra y Francia amenazan con una reanudación del bloqueo y la ocupación «sine die» de territorios que, incumpliendo los acuerdos del Armisticio de Compiégne, han invadido, sobre todo en Renania y Baviera. Von Haniel, sustituto de Brockdorff Rantzau, anuncia que «Alemania se doblegará a todas las exigencias de sus enemigos: algunas de las cláusulas del Tratado sólo han sido incluidas para humillar a Alemania y a su pueblo. Nos inclinamos ante la violencia de que somos objeto por que después de todo lo que hemos sufrido, no disponemos ya de ningún medio para contestar. Pero este abuso de la fuerza no puede empañar el honor de Alemania».

Ciertos juristas de ocasión se rasgarán, años más tarde, sus democráticas vestiduras cuando Hitler, solemnemente, declare nula la cláusula de la culpabilidad exclusiva de Alemania en la primera hecatombe mundial.

Churchill y Baruch

Diktat

El de junio de 1919, forzada por el chantaje del ha mbre y la ocupación militar extranjera, Alemania ponía su firma al pie del Tratado de Versalles. Otros cuatro «diktats» eran impuestos a Turquía, Hungría, Austria y Bulgaria: los de Sévres, Trianon, Saint Germain y Neuilly.

Los vencedores no sólo incumplieron su palabra, empeñada en Compiegne, sino también el preámbulo y articulado del Pacto de la Sociedad de Naciones, redactado el 28 de abril de 1919. A pesar de que los países de la Entente se habían comprometido a «no llevar a cabo una política de anexiones» y habían solemnemente declarado que «ningún territorio será separado de otro si no es con la expresa voluntad y aquiescencia de sus habitantes».

a) Francia se anexionó el Reichland (Alsacia Lorena) con 14.500 km.2 y 1.950.000 habitantes.

b) Bélgica se incorporó las comarcas de Eupen, Moresnet, Malmedy y St. Vith, con 1300 km.2 y 130.000 habitantes.

c) El territorio de Memel (2.150 km.2 y 141.000 habitantes) fue separado del Reich y administrado por Francia como territorio autónomo, hasta que en 1924 la Sociedad de las Naciones se lo atribuyó a Lituania.

d) Dinamarca se anexionó el Schleswig del Norte, con 4.200 km.2 y 75.000 habitantes.

e) Polonia, estado inexistente desde 1795, fue resucitada por Clemenceau, con la única finalidad de completar el cerco de Alemania con países hostiles a ella. Con el único objeto de fortalecer al «gendarme» polaco, se le regalaron territorios tan indiscutiblemente germánicos como Sudaneu (550 km.2 y 30.000 habitantes); Posen (26.000 km.2 y 1.900.000 habitantes); Alta Silesia, riquísima región minera (3.300 km.2 y un millón de habitantes); Soldau (500 km.2 y 35.000 habitantes); más una porción de la Prusia Occidental, con el control efectivo de la teóricamente «Ciudad Libre» de Dantzig (17.700 km.2 y 1.300.000 habitantes).

f) Checoslovaquia, otra invención de los versallescos aprendices de brujos, recibió el territorio de los Sudetes (unos 15.000 km.2) que contenía unos 3.200.000 alemanes.

g) El territorio del Saar fue colocado bajo administración francesa, con la condición de que, al cabo de «un cierto tiempo», se consultaría democráticamente a los habitantes sobre si deseaban formar parte de la República francesa o bien preferían reincorporarse al Reich.Francia explotaría esa rica región minera durante catorce años. En 1933, la inmensa mayoría de los votantes se decidieron por el retorno a la soberanía alemana, pese a las medidas policiacas arbitradas por París para tratar de quedarse con el Saar por el cómodo sistema de la prescripción histórica.

h) La Renania fue ocupada, unilateralmente, por tropas francesas, desde diciembre de 1918 hasta mediados de 1920 y, posteriormente, otra vez, en 1923, en dos incursiones de rapiña y saqueo que fueron calificadas por Sir John Simon, ministro británico de Asuntos Exteriores, de piratería. El «diktat» autorizaba a Francia a estacionar tropas en Renania durante tres años, para controlar la producción de acero y, a la vez, como garantía del pago de las reparaciones de guerra.

i) Basándose en el tan cacareado «der echo de los pueblos a disponer de sí mismos», la antigua monarquía de Austria Hungría, piedra básica de centroeuropea, fue desmembrada, si bien en ningún caso se consultó a las poblaciones interesadas sobre la orientación que deseaban dar a su destino. Violando, por enésima vez, sus propios principios y promesas, incumpliendo el articulado del Pacto de la Sociedad de Naciones, creado por ellos mismos,los estadistas democráticos se sacaron de su manga de prestidigitadores un nuevo naipe: Yugoslavia, que englobó los territorios de Montenegro, Croacia, Eslovenia, Bosnia, el Bánato - arrebatado a Hungría ó, Macedonia Occidental, Herzegovina, Serbia (3), la Estiria del Sur y porciones de Carintia y Carniola, con una población germánica de casi doscientos mil habitantes y una extensión de 2500 km.2

j) Para contentar al aliado italiano, se le concedieron los dos puertos austrohúngaros del Adriático, Fiume y Trieste, atropellando, una vez más, el derecho de la libre disposición de los pueblos.

k) El Tirol del Sur, con mayoría de población austroalemana, fue atribuido a Italia.

l) Tracia fue arrebatada a Bulgaria en beneficio de Grecia.

m) A pesar de su mayoría de población magiar, y en contra del deseo expreso de ésta (manifestado en la Dieta de Carlsberg, de 1º de diciembre de 1918), Transilvania fue adjudicada a Rumania. Sin consultar al «pueblo soberano» le fueron, también, atribuidas a Rumania la Besarabia y la Bukovina, así como los dos tercios del Bánato (el tercio restante fue para Yugoslavia).

n) El imperio otomano fue reducido a su núcleo de Anatolia, más Estambul y una pequeña área anexa, en el continente europeo.

o) Para contentar al aliado griego, se le adjudicó el territorio de Argyro Castro, en Albania, más como Italia consideraba que sus hazañas en la Cruzada del Derecho y la Democracia no habían sido suficientemente bien pagadas en el Adriático, los albaneses debieron cederles - huelga decir, que sin consulta popular - el territorio de Vallona.

p) A pesar de que Lituania, Letonia y Estonia eran países que habían sido paulatinamente ganados para Europa merced al concurso del genio germánico que en diversas ocasiones neutralizó la influencia eslava que amenazaba desbordarse en el Báltico, y sin tener en cuenta que el Tratado de Brest Litovsk la Dieta de Wilna reconocían a Lituania y Letonia como parte integrante del Reich, el Tratado de Versalles decidió, unilateralmente, la independencia de esas tres inviables repúblicas del Báltico.

q) Eslovaquia, a pesar del deseo notorio de sus habitantes de obtener la independencia nacional, había sido incluida, por fuerza, en el "Estado checoslovaco", cuya población checa, que representaba algo más del tercio del total, dominaba a los dos tercios restantes - apoyándose en las cláusulas de Versallesó, compuestos de alemanes, eslovacos, ucranianos y húngaros.

Estas son, a grandes rasgos, las alteraciones territoriales promovidas por el Tratado de Versalles y sus anexos. La fisonomía de Europa fue desfigurada por una buena treintena de golpes de bisturí, que crearon otros puntos de fricción entre la mayor parte de los países del Viejo Continente. Por otra parte, la balcanización general - siete nuevos estados independientesó añadía una pincelada más al cuadro del desorden el desconcierto generales. Se crearon "ex nihilo" nuevas naciones, como Checoslovaquia y Yugoslavia. Se resucitaron otras, como Polonia, Lituania, Letonia y Estonia... pero se olvidaron viejas naciones auténticas, como Ucrania, Macedonia, Eslovaquia y Croacia. . . En algunos casos, y en un intento de cubrir las apariencias, los vencedores pretendieron justificar sus anexiones mediante la celebración de plebiscitos falaces. En la Alta Silesia, por ejemplo, se procedió a la expulsión de los alemanes de aquella región, y luego se consultó a los componentes de la minoría polaca y a las tropas de ocupación de Pilssudski si deseaban integrarse en el nuevo Estado polaco. En el Schleswig, los partidarios de continuar formando parte del Reich obtuvieron la victoria en las elecciones - controladas por tropas coloniales francesas - por 97.000 votos contra 69.000. Entonces, a propuesta de Clemenceau, la Comisión de Embajadores encargada de la interpretación de los resultados del escrutinio trazó, arbitrariamente, dos zonas: Norte y Sur, adjudicando la segunda a Alemania y la primera a Dinamarca.

La vieja política francesa, consistente en crear estados imaginarios e inviables alrededor de Alemania, tuvo su culminación en Versalles: aparte de desenterrar al viejo fantasma polaco y de inventarse dos monstruos de la geopolítica Checoslovaquia Y Yugoslavia, a los que se cebaba con extensos territorios de población con mayoría germánica, Francia se instalaba en la orilla izquierda del Rin, con las miras puestas en el Saar y la Renania, y se entregaban más tierras alemanas a Dinamarca y Bélgica, transformándolas "volens nolens", en enemigas naturales de Alemania. Holanda debía, igualmente, formar parte del anillo antialemán, según los planes de Clemenceau. En efecto, el viejo "Tigre", tan generoso con las posesiones de los demás, quería entregar la comarca de Ems a los holandeses, pero éstos renunciaron a ese «regalo envenenado».

A pesar de que Inglaterra y Francia «no hacían una guerra de anexiones» - según frase del Premier Asquith - se repartieron el imperio colonial alemán y las posesiones otomanas en Africa y el Oriente Medio, sin preocuparse poco ni mucho de consultar democráticamente a los colonos blancos ni a las poblaciones indígenas interesadas. Diversos estadistas británicos, Asquith, Chamberlain, Bonar Law y Lloyd George entre otros habían públicamente prometido que Inglaterra no dirigía una guerra de conquistas. Lord Asquith había declarado, en la Cámara de los Comunes: «No deseamos aumentar la carga de nuestro imperio, ni en superficie territorial, ni en responsabilidades» (4).

El despojo de las colonias alemanas representaba una nueva violación de los acuerdos del Armisticio y, concretamente, del 2º punto de Wilson, en que se estatuía que «pueblos y provincias no deben pasar de una soberanía a otra como apuestas que se pierden o se ganan sobre una mesa de juego, en la cual se ventila el equilibrio de los poderes interiores».

He aquí cómo Inglaterra «aumentó las cargas de su imperio en superficie territorial y en responsabilidades», faltando para ello a su palabra empeñada:

a) Africa del Sudoeste alemana, atribuida en calidad de mandato a la Unión Sudafricana, entonces miembro de la Commonwealth. Territorio de 822.876 km.2, Con riqueza ganadera y yacimientos de oro, diamantes, cobre y uranio.

b) Africa Oriental alemana (la actual Tanganyika), con 935.000 km.2 y una población indígena de 5.500.000 habitantes. Pasó bajo soberanía británica en calidad de mandato.

c) Togo Meridional y Camerún del Sur, con un total de 280.000 km.2 Territorios colocados bajo tutela británica por decisión de la Sociedad de Naciones.

d) Nueva Guinea alemana, más los archipiélagos vecinos, Bismarck, Salomón, Nueva Hannover, Bougainville, Lincoln e Islas del Káiser, atribuidos, en calidad de mandato, a Australia, miembro del Reino Unido. Extensión total de éstos territorios: 240.000 km2

e) Archipiélago de la Samoa, anexionado por la Gran Bretaña, en calidad de mandato de Nueva Zelanda, 2.700 km.2

f) Egipto, arrebatado a la soberanía otomana y colocado bajo tutela británica: 995.000 km.2

g) Chipre, igualmente sustraído al imperio otomano; 9.300 km.2

h) Palestina, anexionada en calidad de mandato: 23.500 km.2

i) Mesopotamia (Irak), arrebatada, como Palestina, al imperio otomano, y declarada mandato del Reino Unido, 375.000 km.2

En conjunto, pues, el imperio británico, abanderado de la democracia y defensor patentado del Derecho Internacional, «aumentó las cargas y responsabilidades de su imperio «con 3.700.000 km2 de territorios, de los cuales 2.280.500 fueron arrebatados a Alemania y 1.419.500 a Turquía.

El imperio francés, por su parte, se avino a aumentar, también, las «cargas» de su imperio en 681.500 km.2, de los cuales 485.000 procedían del despojo del Camerún y el Togo, arrebatados a Alemania, y los otros 196.500 del Líbano y Siria, anteriormente partes integrantes del imperio Otomano

La liquidación del imperio colonial alemán se consumó con la entrega del archipiélago de las Carolinas así como la región de Shantung, en China continental al Japón, y del territorio de Ruanda Urundi, en el Africa Central, a Bélgica.

Mencionemos que ni una sola de esas anexiones se realizó previa consulta democrática de las poblaciones interesadas, a las que se trató «como apuestas que se pierden o se ganan sobre una mesa de juego». Al igual que en el caso de las modificaciones territoriales europeas, la liquidación de los imperios coloniales alemán y otomano se llevó a cabo pisoteando los principios por los cuales los Aliados decían haber hecho la guerra y se había n comprometido a respetar.

El punto IV de Wilson, referente al desarme general, fue incorporado al Tratado de Versalles, pero en la práctica, sólo se aplicó a los vencidos. Al Reich se le autorizaba un Ejército de cien mil hombres, sin aviación, prácticamente sin flota de guerra, y sin armas pesadas. El Ejército alemán representaba, así, una décima parte del Ejército polaco. Por su parte, Francia se negó al desarme y los demás países democráticos, sin negarse oficialmente a ello, no sólo no desarmaron, sino que aún incrementaron su potencial bélico, y continuaron guerreando alegremente en los Balcanes, en Rusia, en Ucrania, en el Lejano Oriente, en Palestina y, en general, allí donde les convino.

Alemania, sola y desarmada en medio de un anillo de estados hostiles. Con el peligro bolchevique en el Este, y otro, de la misma naturaleza, y más peligroso, si cabe, dentro de casa. Con una Polonia xenófoba y envalentonada a un lado, y un Ejército de ocupación francés en el otro. No era esto lo convenido cuando el «alto el fuego»; no era esto la expresión de los «nobles ideales» por los cuales docenas de pueblos habían sido arrastrados a la guerra...

Esto no era una «paz sin vencedores ni vencidos» (5), como tampoco era una «paz sin contribuciones ni indemnizaciones» según se había convenido en Compiégne. Se obligó a Alemania a cargar con los gastos de reconstrucción de las regiones que había ocupado militarmente en Francia, Bélgica y Rumania. Esto, más o menos, podía defenderse. Lo que ya no podía defenderse tanto es que se incluyeran, en las reparaciones, los daños causados por los propios franceses en Alsacia Lorena. Y lo que ya no tenía ninguna justificación, moral o jurídica, era que se hicieran pagar al Reich los daños de guerra sufridos por las poblaciones civiles de las regiones no ocupadas. Esto era un abuso. Pero, no contentos con el abuso repetido, los democráticos campeones de la libertad y de la propiedad privada forzaron a Alemania a pagar los gastos de las tropas de ocupación en su propio territorio. El alemán tenía que trabajar para poder pagar el sueldo del senegalés que se hospedaba en su casa (6).

En Versalles no se fijó la suma total de las reparaciones que Alemania debía pagar, sino que se encomendó esa misión a una conferencia ulterior. Mientras economistas y expertos calculaban sabiamente lo que Alemania podría pagar en los siguientes cuarenta o cincuenta años, la sórdida cuestión de las reparaciones se convirtió en un arma electoral, en una subasta política. En Inglaterra Bonar Law prometió a sus electores que, si tenían el supremo acierto de votar por él, se harían pagar a Alemania no menos de cuatrocientos mil millones de marcos oro.

Inmediatamente Lloyd George anunció que si el electorado tenía el buen gusto de votar por él, Alemania debería pagar cuatrocientos ochenta mil millones de marcos. Esto obligó a Bonar Law a subir hasta el medio billón. En Francia, Loucheur pujó hasta los ochocientos mil millones. Naturalmente, esa subasta sólo podía terminar con la victoria del bien conocido genio financiero judío: "Le boche payera tout», dijo Simon Klotz, ministro de Finanzas con Poincaré".

Las promesas de Wilson, las convenciones de Compiégne, y el articulado de la Sociedad de Naciones fueron arrojados a la basura. El hecho de no avenirse a fijar la cantidad que se exigiría a Alemania es la mayor prueba de las verdaderas intenciones de los vencedores. Así se reservaban el «derecho» de aplicar más sanciones a los vencidos en el caso de que éstos no cumplieran, o no pudieran cumplir, lo «pactado». Y «lo pactado» era cualquier cifra demencial que pudiera ocurrírsele a un «defensor del derecho» en plena campaña electoral. Francia fue quien, más que nadie, impidió se fijara una cifra concreta. Sus intenciones las revelaría con arrolladora franqueza Poincaré:

«Lamentaría sinceramente que Alemania pagara. Prefiero la ocupación y la conquista a embolsar el dinero de las reparaciones» (7).

Por fin, el 27 de abril de 1921, la comisión de reparaciones fijó, mayestáticamente, la cifra que Alemania debía pagar: 137.600.000.000 de marcos oro. La negativa alemana a aceptar tal astronómica cifra fue contestada con un ultimátum de Londres, el 5 de mayo de 1921, según el cual, si el Reich no reconocía esa deuda, la flota anglofrancesa reanudaría el bloqueo de Alemania, y la permanencia de los ejércitos de ocupación en suelo alemán se prolongaría sine die.

Peter Kleist escribe, a propósito de las sedicentes reparaciones de guerra:

«La suma de 132.000000.000 de marcos oro, más los 5.600 millones para pagar las deudas de guerra belgas, representaba, en total, el cuádruplo de las reservas de oro mundiales. Se correspondía, aproximadamente, con la totalidad de los bienes alemanes del año 1914. Era treinta y cuatro veces mayor que las contribuciones francesas del año 1871» (8) y eso que el Canciller de Hierro nunca pretendió que hacía la guerra "por el derecho" o "por la democracia", sino que se limitó a responder a la declaración de ruptura de hostilidades por Napoleón III.

Bismarck, el difamado canciller, se limitó a recuperar la Alsacia y la Lorena y a imponer a su inerme enemigo la razonable contribución de guerra de 4.000 millones de marcos oro, que Francia pudo, con relativa facilidad, pagar en tres años.

Las incautaciones de las flotas mercante y de guerra de Alemania no se dedujeron - como hubiera sido lo lógico - de la cifra de 132.000 millones. Tampoco se tuvieron en cuenta, en el cómputo total, el valor de las patentes robadas a Alemania, ni los 11.000 millones de marcos correspondientes al valor de los bienes alemanes en el extranjero, confiscados por los vencedores ni los centenares de industrias desmanteladas por los franceses, ni el pillaje, sistemáticamente organizado, de obras de arte. Todo esto fue englobado bajo el aleatorio subtítulo de «reparaciones especiales» y pasado a beneficio de inventario.

Se obligó a Alemania a aceptar el control de la navegación fluvial en sus grandes ríos, Oder, Elba, Wesser y Rin, lo que estaba en contradicción con los principios de la recién fundada Sociedad de Naciones, que preveían la plena soberanía de cada nación dentro de su propio territorio.

Mírese por el ángulo que se quiera, el llamado "Tratado de Versalles" es indefendible, moral y jurídicamente hablando. El hecho de haberse impuesto mediante el chantaje del bloqueo por hambre, de haberse redactado quebrantando todas y cada una de las solemnes promesas anteriores y violando los principios de la Sociedad de Naciones, creada por los propios vencedores lo tacha de invalidez.

Churchill y Harriman

La estafa

El presidente del Consejo de Ministros de Italia, Francesco Nitti escribió, en 1922, un libro titulado: El Tratado de Versalles como instrumento para continuar la guerra, con un apéndice, «El grave error de las reparaciones», en el cual, el autor, que no puede, en modo alguno, ser sospechoso de germanofilia, demuestra que, en un plazo más o menos largo, Versalles será la causa de una nueva guerra de la cual no saldrán, en Europa al menos, más que vencidos.

Con la «jurisprudencia» de Versalles, además, la guerra dejaba de ser el recurso de la extrema necesidad a que se acogían los gobernantes de cada país para defender sus derechos - o lo que creían tales - y sus necesidades vitales.

Versalles representa el nacimiento del maniqueísmo político, con la consagración del bien absoluto (la democracia) y del mal abyecto la autocracia. Los vencedores se irrogan todos los derechos y los vencidos son los réprobos destinados al castigo de sus jueces. En el futuro ya no habrán más guerras, sino cruzadas del Bien contra el Mal. Toda la gigantesca maquinaria de la propaganda había estado trabajando desde 1914 y aún antes hasta noviembre de 1918, por los Aliados, los «buenos». Desde entonces arranca la leyenda de las fábricas de aprovechamiento de cadáveres, de las violaciones de monjas, de los bombardeos deliberados de catedrales, de los niños con los ojos pinchados a bayonetazos. Desde entonces, también, se crea la contraverdad histórica del militarismo alemán y se presentan todas las guerras en que tomaron parte Prusia y los otros estados alemanes como «expediciones de rapiña».

«La Verité est ce que líon fait croire», decía Voltaire. Con arreglo a esta técnica se fabrica la tesis irreversible de la «Alemania guerrera» y, paralelamente, de la «Francia democrática», continuamente invadida, sin razón alguna, por un vecino bárbaro y belicoso que cree en la superioridad de la fuerza sobre el derecho, al revés que la «Patria del Mundo», la dulce Francia...

Peter Kleist reproduce, a este respecto, lo que dice el historiador y economista francés Charles Gide: «Conozco ciertas incursiones más allá del Rin, que provocaron cierto ruido en el mundo: me refiero a las de Luis XIV y Napoleón I.

Por lo que se refiere a las invasiones alemanas ocurridas en el transcurso del siglo pasado, o sea, las de 1814, 1815 y 1870, hay que reconocer que las tres estaban plenamente justificadas, ya que las dos primeras constituían la respuesta a las cinco invasiones napoleónicas, y la tercera a una de las declaraciones de guerra más estúpidas que ha habido (9).

En verdad, un escritor que se sintiera inclinado a representar a Francia en un plano desfavorable con respecto a Alemania, encontraría, en la historia de las invasiones francesas de Alemania un casi inagotable arsenal propagandístico. Entre 1300 y 1600 anotamos «solamente» siete invasiones francesas de territorio germánico. Entre 1635 y 1659, la Guerra de los Treinta Años, sostenida por la obstinación del cardenal Richelieu, devastó a Alemania; pueden señalarse, como mínimo, quince invasiones. En la guerra sostenida por Francia contra Holanda en 1672, los franceses violaron el suelo germánico en cuatro ocasiones más, como mínimo. Después, entre 1676 y 1686, Francia cometió, al menos, diez actos de agresión mayor contra Alemania. La guerra de la Liga de Augsburgo en 1688 no fue, en realidad, más que una «guerra preventiva» contra los estados alemanes, Con la consiguiente devastación del Palatinado y las destrucciones de las villas universitarias de Worms, Speyer y Heidelberg En 1702, 1703 Y 1740 se producen nuevas invasiones francesas de Alemania. Una vez más, durante la Guerra de Siete Años (1756 1763) la agresión francesa contra Alemania se repitió.

Finalmente, Napoleón, «ese italiano ilustre» - como le llamaba Spengleró convirtió el territorio alemán en un campo de batalla durante veinte años consecutivos. En resumen, desde la Edad Media hasta nuestros días, Francia ha agredido a los estados alemanes como mínimo, en treinta o treinta y cinco ocasiones.

Con respecto al supuesto dogma de la peculiar belicosidad germánica, el americano profesor Sorokin (10) nos facilita la siguiente estadística que lo destruye por completo, en la que expone el promedio de tiempo que pasaron en guerra estos países:

Polonia.........................58%
Inglaterra......................56%
Francia.........................50%
Rusia...........................46%
Países Bajos....................44%
Italia..........................36%
España..........................30%
Alemania (incluyendo Austria) ..28%

De estos datos se deduce que los diversos estados alemanes (Prusia, Baviera, Sajonia, Wurtemberg, Hannover, Austria, Hesse, etc.) pasaron en estado de guerra, desde el siglo VIII hasta 1925, mucho menos tiempo que Francia, la mitad de tiempo que Inglaterra, y muchísimo menos que Polonia, la «mártir» más belicosa de Europa y del mundo entero.

Se ha considerado, por el excelente investigador norteamericano Quincy Wright (II) que hubo "unas 2.600 batallas importantes", participando estados europeos, en los 460 años comprendidos entre 1480 y 1940. . . Francia participó en el cuarenta y siete por ciento de esas batallas. Los diversos estados alemanes, en el veinticinco por ciento, y Rusia e Inglaterra en el veintidós por ciento. El mismo escritor muestra que, de las 287 guerras afectando a los estados europeos en el periodo antedicho, el porcentaje de participación de los principales estados fue:

Inglaterra.............................28%
Francia................................26%
España.................................23%
Rusia..................................22%
Austria Hungría........................19%
Turquía................................15%
Polonia................................11%
Suecia..................................9%
Italia(Saboya Cerdeña...................9%
Holanda.................................8%
Alemania (Prusia y Estados germánicos)..8%
Dinamarca...............................7%

Estas cifras tienen más valor que la propaganda estruendosa y los lloriqueos de las vestales democráticas que, no contentas con dominar directamente medio mundo, y dictar su voluntad desde Wall Street y la City al otro medio, no dudaron en lanzar al mundo a una guerra de extensión y crueldad sin precedentes por la primordial razón ópretextos a parte - de que Alemania amenazaba el cómodo «status quo ante».

El historiador británico Russell Grenfell computó el número de conflictos bélicos en que se vieron envueltos los principales estados europeos en el periodo crucial comprendido entre la batalla de Waterloo y el magnicidio de Sarajevo: Inglaterra participó en diez guerras; Rusia, en siete; Francia, en cinco; Austria y Prusia, en tres (12).

Pero bien sabido es que, en las guerras modernas, la primera víctima es la verdad. La estruendosa campaña propagandística aliadófila llegó a hacer creer a las masas mundiales que el Reich era el principal y único culpable del desencadenamiento de la guerra. Recordemos que, en junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero de la corona austrohúngara fue asesinado en Sarajevo, Bosnia. Los asesinos eran de nacionalidad serbia.

Austria Hungría, sospechando la complicidad del Gobierno de Belgrado en el magnicidio, exigió una investigación oficial. Serbia se negó. Viena envió un ultimátum.

Belgrado pidió ayuda a Rusia, campeona del paneslavismo. Alemania anunció que si un tercer país intervenía en la disputa entre Viena y Belgrado, se pondría al lado de aquélla. Serbia envió una nota diplomática harto despectiva en réplica al ultimátum austríaco. Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914.

Rusia movilizó anunciando que atacaría a Austria Hungría si ésta osaba violar la frontera serbia. El embajador alemán en San Petersburgo hizo saber personalmente al zar que la movilización significaba la guerra con Alemania.

Francia, aliada de Rusia, declaró la guerra a Alemania. La pesadilla de las alianzas y coaliciones, como dijera Bismarck había desatado la guerra. Aunque la causa auténtica no fue ésta, sino el conflicto de intereses rusogermánicos por un lado, el ansia de revancha del «chauvinismo» francés, humillado en 1870 por Bismarck, por el otro y, dominando todo el conflicto, moviendo los hilos, o creyendo moverlos, Inglaterra, que abandonó su tradicional política proalemana y antifrancesa a partir del momento en que el káiser Guillermo II obtuvo el acuerdo del Gobierno turco para la construcción del ferrocarril Berlin Bagdad, vía terrestre que cruzaba una zona «sagrada» para los intereses británicos.

Todo esto es política, y no tiene nada que ver con la moral, ni la ética ni, mucho menos, con la democracia. El gran mérito de la propaganda inglesa fue hacer creer al mundo que luchaba por el derecho, haciendo honor a su alianza - ¡otra alianza! - con Francia, e indignada por la agresión alemana contra Bélgica. En efecto, Alemania, con objeto de coger del revés a las defensas francesas, violó la neutralidad belga. La postura del indómito cruzado británico lanzándose al combate para defender a un pequeño país recibió universal aclamación a pesar de su intrínseca falsedad. Ya en 1887, durante una de las innumerables crisis francogermanas, y cuando las relaciones entre Londres y Berlín eran inmejorables, Lord Vivian, ministro inglés de Asuntos Exteriores, dio abiertamente su aprobación al Gobierno alemán para invadir Bélgica, y a Bruselas se le dijo claramente que el Gobierno británico no intervendría en su favor (13).

Además, los planes militares de los Estados Mayores conjuntos inglés y francés consideraron siempre la posibilidad de una invasión anglofrancesa de Bélgica en caso de guerra común con Alemania. Es más, el secretario del Foreign Office, Sir Edward Grey, rehusó prometer la neutralidad británica en una eventual guerra entre Francia y Alemania, si ésta se comprometía a respetar las fronteras belgas. La pura verdad es que Inglaterra no fue a la guerra por Bélgica, ni mucho menos por Francia, sino para eliminar a un contrincante comercial y políticamente peligroso. La Primera Guerra Mundial estalló a causa de un conflicto de intereses. No a causa de Serbia, ni de Bélgica, ni del famoso principio de las nacionalidades, del que ningún caso se haría en Versalles. Pero bueno será tener en cuenta que Rusia fue la primera potencia en movilizar (14); que la respuesta de Serbia a la demanda de investigaciones sobre el magnicidio de Sarajevo fue vaga y deliberadamente hiriente; que si Austria movilizó, también Serbia lo hizo, y posiblemente antes; que Francia movilizó antes que nadie. Raymond Poincaré reconoció:

"Ni Austria Hungría ni Alemania fueron las primeras en tener la intención de provocar una guerra general. No existe ningún documento que autorice a suponer que ellas habían planeado la guerra. Ésta estalló a causa de los intereses divergentes de unos y otros y también por culpa del tinglado de las alianzas".

Hubo un volumen propagandístico, escrito por el judío Henry Morgenthau, embajador de los Estados Unidos en Turquía, en el que se relataba una supuesta reunión secreta, ocurrida en Potsdam, el 5 de julio de 1914. En tal ocasión según Morgenthau - que recogía confidencias de segunda o tercera manoó, tres docenas de banqueros, industriales, militares y políticos alemanes se reunieron con el Káiser para ultimar los preparativos de la guerra inminente. No obstante, la famosa Conferencia de 1914 nunca tuvo lugar, por la sencilla razón de que las personas que se pretende tomaron parte en ella se encontraban en otros lugares en esa fecha.

A pesar de haberse probado hasta la saciedad que el libro de Morgenthau era, de principio a fin, una farsa, la Comisión Lansing lo presentó triunfalmente en Versalles como la prueba incontrovertible de la culpabilidad unilateral de Alemania en el desencadenamiento de la guerra, expresada en el denigrante artículo 231 del «Diktat». A pesar de haberse demostrado que el sedicente complot de Potsdam no había existido más que en la imaginación de Morgenthau y de que numerosos historiadores y publicistas de países Aliados y neutrales probaron que la culpabilidad única de Alemania era un mito (15), el artículo 231 fue mantenido como necesaria coartada del ignominioso «Tratado».

. Si en Versalles se hubiera impuesto el célebre principio de las nacionalidades, el "derecho de los pueblos a disponer de sí mismos", Alemania no hubiera sido desposeída de 90.000 km2 de su territorio nacional, y once millones de alemanes no hubieran pasado a depender de soberanías extranjeras y hostiles. A la República de Austria no se le hubiera prohibido, expresamente, por el «Tratado de Saint Germain», de unirse a Alemania, a pesar de las afinidades étnicas, lingüísticas e históricas existentes entre ambas y del deseo de la mayoría de la población en ese sentido. El «derecho de los pueblos a disponer de sí Mismos», ese eslogan que ocupa tan escogido lugar en el arsenal ideológico de las democracias, se transformó, así, en el derecho de los vencedores a disponer de los vencidos a su antojo. Los inmortales principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad fueron escarnecidos por los vencedores en todas partes, desde la Asamblea de la Sociedad de Naciones (16) hasta las selvas del Camerún y del Africa Austral, en donde ochenta mil colonos alemanes fueron apaleados por tropas coloniales anglofranccsas y expulsados de sus hogares dejándolo todo.

Los famosos «puntos de Wilson», preámbulo del «Diktat» sólo se cumplieron cuando beneficiaban a los vencedores; así, por ejemplo, era lógico, era justo, era moral que Polonia y Serbia consiguieran su famosa "salida al mar", aún cuando en el primer caso hubiera que partir en dos a Alemania y aislar la Prusia Oriental del resto del país, y en el segundo se debiera disolver la personalidad serbia en el conglomerado yugoslavo, liquidando. de paso, la independencia de Croacia, grupo nacional que, dentro del tan difamado Estado austrohúngaro, gozó de amplísima autonomía interna. En cambio, nadie se preocupó de que Hungría y Austria tuvieran su "salida al mar" que les garantizaba el punto XI.

La "paz" de Versalles llevaba en sí el germen de nuevas guerras; políticamente, había creado nuevos irredentismos. Los croatas y los eslovacos habían sido liberados de la paternal tutela austríaca para ser sometidos, los unos al yugo serbioyugoslavo, los otros al yugo checo. Poblaciones específicamente húngaras pasaban a depender de la soberanía rumana, yugoslava y checa. Los alemanes de los montes Sudetes se convertían en sujetos checoslovacos; los de la alta Silesia y el «Corredor» en polacos; los del Schleslewig en daneses; los de Eupen en belgas; los del Tirol Meridional en italianos. A los desgraciados alsacianoloreneses se les decía que ellos, en realidad, eran puros franceses (17).

Económicamente, la paz de Versalles había asesinado a la vieja monarquía austrohúngara (18) para Inventar, sobre sus ruinas, una serie de pequeños estados destinados a la miseria y al chantaje político. A Hungría se le había arrebatado el granero de Transilvania; Austria quedaba reducida a un amorfo territorio de seis millones de habitantes, de los que más de un tercio se aglomeraba en Viena. A Alemania se le habían arrebatado, además de sus colonias y de su flota, sus más ricas minas de hierro, y debía alimentar una población pletórica con una producción agrícola que - a causa de las pérdidas territoriales - había disminuido en un treinta y cinco por ciento. La nueva República de Weimar no podía ni pensar en comprar en el exterior lo que le faltaba para subsistir. . . la factura de las reparaciones impedía toda compra. Al socaire del hambre y de la explotación de Alemania la Revolución comunista latía en el interior, mientras los polacos y los lituanos violaban constantemente las fronteras del Este en expediciones de rapiña y saqueo distraídamente ignoradas por la Sociedad de Naciones.

Si políticamente Versalles era insostenible; si económicamente lo era aún más a no ser mediante el uso permanente de la fuerza por parte de los vencedores, moralmente abría un abismo de incomprensión y de odio entre éstos y los vencidos. Que la consecuencia de todo ello fuera el progresivo empeoramiento de la situación hasta la explosión de 1939 no lo dijeron entonces y después todos los alemanes conscientes solamente, sino que lo corroboran desde el propio campo de los vencedores.

Clemenceau, dirigiéndose a los cadetes de la Escuela Militar de Saint Cyr les dijo, tres meses después de firmarse el Tratado de Versalles: «No se preocupen ustedes por su futuro militar. La paz que acabamos de firmar, les garantiza diez años de conflictos en el centro de Europa» (19).

Por su parte, Lloyd George, dijo:

«La injusticia y la arrogancia ejercidas en el momento de la victoria, jamás serán olvidadas ni perdonadas. No puedo imaginarme otro motivo más poderoso para una guerra futura, que rodear al pueblo alemán. . . de una serie de pequeños estados, muchos de los cuales están constituidos por pueblos que jamás han tenido un gobierno estable, pero que incluyen una abundante población alemana que exigirá muy pronto su retorno a la Madre Patria. La proposición de la comisión polaca, apoyada por Francia, conducirá más pronto o más tarde, a una nueva guerra en el Este de Europa» (20).

Woodrow Wilson había, a su vez, manifestado ante el Senado de los Estados Unidos:

« La guerra no debiera haber terminado con un acto de venganza. . . ninguna nación, ningún pueblo, debían haber sido robados ni castigados. La injusticia sólo puede engendrar injusticias futuras.»

Francesco Nitti, presidente del Consejo de Ministros de Italia había escrito, en su obra precitada sobre el Tratado de Versalles:

«El Tratado que hemos firmado no es la paz; es la guerra con otros medios más hipócritas y una traición a solemnes promesas anteriores. (21).

Si Clemenceau, Lloyd George, Wilson y Nitti, las cuatro figuras políticas más representativas de los países Aliados reconocen que el «Diktat» de Versalles, sobre injusto, era ineficaz y, además, el semillero de una nueva conflagración, huelga solicitar más testimonios en favor de esta tesis.

Churchill, Harriman y Stalin

Suicidio europeo

El articulo 19 del Tratado de Versalles era uno de los pocos que estaba impregnado de sentido común y previsor juicio. Decía así:

«La Asamblea de la Sociedad de Naciones puede, de vez en cuando, invitar a los miembros de la sociedad a proceder a un nuevo examen de los tratados que, con el tiempo, se hayan convertido en inaplicables, así como de aquellas situaciones internacionales cuyo mantenimiento podría poner en peligro la paz del mundo».

He aquí una cláusula comprensiva, que tiene en cuenta el viejo aforismo jurídico; "Pacta sunt servanda, sic rebus stantibus". Los pactos deben cumplirse, siempre y cuando las circunstancias que los motivaron permanezcan invariables. La costumbre, madre de la Ley, ha sancionado infinidad de veces, en el terreno internacional, la caducidad de los tratados. Pretender que puedan existir leyes y, aún menos, tratados, intangibles y eternos, es sencillamente infantil. Sobre todo si se trata de un pacto de la naturaleza del de Versalles (22).

No obstante, el desgraciado Tratado de Versalles, que había hecho caso omiso de la geografía, de la historia, de la economía, del derecho y de la etnología terminaría, cual monstruo mitológico, devorándose a sí mismo, ya que en su propio preámbulo recordaba a todos sus signatarios «la necesidad de respetar escrupulosamente todas las obligaciones de los tratados», lo que estaba en contradicción con el articulo 19. Pero tal artículo sólo había sido redactado, según luego se vería en la práctica, para uso de los vencedores, muchos de los cuales se consideraban desfavorecidos en el reparto.

Las disensiones entre los «Aliados» de la víspera comenzarían ya en plena conferencia. Las hostilidades empezaron, de hecho, con la ofensiva de Lloyd George y Wilson para hacer adoptar el inglés como lengua diplomática con igual rango que el francés; ofensiva que desposeyó a la lengua francesa de un privilegio que, por ejemplo, el Tratado de Francfort no le había retirado. El humor negro no estuvo ausente de esas sórdidas peripecias; desde el engaño de Lloyd George que obtuvo de Clemenceau, rigurosamente ignorante en la materia, la cesión de la región petrolífera de Mossul, con el pretexto de «dar un hueso a roer a los arqueólogos y a los misioneros», hasta la increíble campaña, conducida por brillantes inteligencias, para demostrar que la Renania era más latina que germánica (23).

Con respecto a Alemania, Austria, Turquía, Hungría y Bulgaria, en cambio, el «Tratado» era irreversible. Para ellos - y sólo para ellos - Versalles habla alumbrado la Justicia Inmanente; como si no hubiere lesionado ningún grupo nacional o étnico; como si no hubiera lastimado ninguna ley geográfica; como si no hubiera perturbado, en ningún caso, el juego de la producción y de los cambios. Y esa maravillosa perfección no era solamente válida para unos cuantos años, sino para la eternidad de los tiempos.

Europa había encontrado su forma definitiva. La rueda de la historia había cesado de girar el 28 de junio de 1919. Pero, insistimos, esto sólo rezaba para los vencidos; los vencedores, a parte de pelearse entre ellos por la posesión de la mayor cantidad posible de pastel, comprendían que, entre todos, estaban organizando una nueva guerra, más mortífera e irreparable que la recién terminada.

En un libro, recientemente publicado, de M. Georges Bonnet ex ministro de Asuntos Exteriores de Francia (24), se narra la respuesta de Philippe Berthelot - que detentaba tal cartera en 1919 a su colega austríaco Otto Bauer, que afirmaba que la balcanización de Europa y, particularmente, la inclusión de los Sudetes en el nuevo Estado checoslovaco provocaría una nueva guerra. «¡Bah! - respondió Berthelot, espíritu superior, según pareceó. «Todo esto durará veinte años. Después, ¡ya veremos!»... Ya se vio, efectivamente: Fue la Segunda Guerra Mundial.

Redactado oficialmente por tres hombres de Estado, de los cuales el más poderoso, Wilson, desconocía soberanamente la geografía (25) el Tratado de Versalles fue designado por una comisión de periodistas británicos como «el peor libro del año 1919». Aunque hubiera tenido en cuenta los principios de la equidad, la concepción estática del futuro en que lo encorsetaban sus paladines, su formalismo pseudojurídico y, sobre todo, su estrechez de espíritu lo condenaban a la alternativa de desaparecer o ser la causa del suicidio de Europa. La estúpida obcecación de liberales, demócratas, xenófobos franceses de estilo girondino, internacionalistas nebulosos..., todas esas fuerzas a las que Spengler llamaba el Mundo Abisal consiguieron que pereciera Europa como centro del Mundo para que perviviera el fantasma de Versalles.

EL «Comité des Delégations Juives»

Además de las naciones participantes en la contienda, tomó parte en las conferencias de Versalles la delegación de otra nación: la Nación Judía. Con tal pretensión se presentó y fue admitido un «Comité des Délégations Juives», que decía representar a israelitas de Palestina, Rusia, Canadá, Estados Unidos, Alemania, Ucrania, Rumania. Polonia, Italia, Bohemia, Eslovaquia, Inglaterra, Transilvania, Serbia y Francia. Esta «nación judía» decía tener diez millones de súbditos».

Su influencia fue desproporcionadamente importante, y una de sus propuestas fue aceptada e incorporada a los Tratados de Paz: el Tratado sobre las Minorías Nacionales, firmado el 28 de junio de 1919, por el cual se obligaba a Polonia, Estonia, Lituania, Letonia, Checoslovaquia, Rumania, Hungría, Albania y Yugoslavia a «conceder la autonomía cultural y política a sus comunidades alógenas».

En realidad, según luego se verá en la práctica, este Tratado sólo se aplicó en los casos que interesaban a la comunidad judía. A Polonia, en este sentido, se le hicieron una serie de imposiciones absurdas e irritantes. Por ejemplo, se prohibía a los polacos celebrar elecciones en sábado, día que era declarado festivo para los judíos del país; los hebreos polacos, ese día, no podían ser citados a juicio, ni llamados a filas, ni se les podía exigir el pago de deudas ni salarios.


¿Quién movia los hilos. . .?

«En Versalles había una fuerza secreta que nos fue imposible identificar», dijo el presidente Wilson a su regreso a América, después de la fracasada Conferencia de la Paz. Infinidad de autores y tratadistas han estado de acuerdo con Wilson al afirmar que, detrás de los Clemenceau, los Lloyd George, los Nitti, los Meakino Y sobre todo, detrás del propio Wilson, había una fuerza, internacional y apátrida, que movía a los sedicentes «grandes estadistas» como marionetas.

Esa fuerza misteriosa operaba, así mismo, detrás de la delegación alemana, minando sus ya de por sí escasos medios de resistencia ante el abuso concertado de que era objeto por parte de sus oponentes.

Hay un hecho trascendental, a propósito de la llamada Conferencia de la Paz que fue mantenido secreto por los que poseen el poder de esconder la verdad y proclamar la mentira con el nuevo Evangelio. Y es el siguiente:

Todas las decisiones de alguna importancia fueron tomadas por los Cuatro Grandes - Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia y Francia - representados por Lloyd George, Woodrow Wilson, el barón Sonnino y Clemenceau. El consejero privado de Lloyd George era el judío Sir Philip Sassoon (26); el «alter ego» de Wilson era el coronel Edward Mandell House y su consejero privado, Louis Dembitz Brandeis, ambos judíos (27); el barón Sonnino era, él mismo, medio judío; en cuanto a Clemenceau mantenía, como omnisciente secretario al israelita Georges Mandel (28). El consejero militar de los «grandes» era el judío Kish, y el intérprete óy única persona que asistió a todas las conversaciones celebradas por los primeros ministrosó, era el hebreo Mantoux. El primer presidente de la Sociedad de Naciones, fue el judío Huymans quien, a su vez, nombró a su correligionario Lord Levy Lawson of Burnham (29) director del Departamento de Prensa, desde el cual ejerció una feroz censura sobre las actividades de la «fuerza secreta e inidentificable» de que hablara Wilson en un fugaz momento de sinceridad.

Es bien sabido que los sedicentes «grandes» de Versalles no sabían geografía; en cambio, sus consejeros - y tal vez algo más que simples consejeros - estaban muy documentados en tal ciencia. Archibald Maule Ramsay dice (30): «Los secretarios y asesores judíos se reunían cada día a las seis de la tarde, después de las sesiones oficiales, y decidían el plan de trabajo a adoptar y las decisiones a preconizar el día siguiente». Los resultados de la tortuosa política de tales individuos fueron desastrosos para Europa.

La Delegación germánica en Versalles que, sucesivamente estuvo presidida por dos alemanes, el conde Brockdorff Rantzau y Von Haniel, se componía de otros dos alemanes y los siguientes israelitas: Jaffe, Brentano, Deutsch, Rathenau, Von Baffin, Von Strauss, Warburg, Oscar Oppenheimer, Struck, Mendelssohn Bartholdy y Wassermann (31). Por otra parte, en la Delegación americana se podía contar a los hebreos: Julian Mack, Leopold Benedict, Louis Marshall, Jacob Syrkin, Jacob de Haas, Joseph Barondess, Nachman, Harry Cutler, Bernard Mannes Baruch, Louis Dembitz Brandeis, Edward Mandell House, B. L. Levinthal y el rabino Stephen Weisz (a) Wise.

Se objetará, no sin aparente razón que, al fin y al cabo, y por grande que pudiera ser la influencia de la judería, tanto en la Conferencia de la Paz como en la Sociedad de Naciones, las mayores autoridades jerárquicas, los primeros ministros, eran, con la única excepción del barón Sonnino, gentiles. La realidad es, no obstante, muy otra. Desde que el mundo es mundo, dinero significa poder. Evidentemente, un Gobierno - sobre todo si se trata de un gobierno autocrático, de una monarquía tradicional no parlamentaria, o de un régimen nacionalista muy joven - puede, hasta cierto punto, mantenerse independiente del poder del oro. Pero no puede negarse honestamente que la influencia de éste será, siempre, muy importante, pudiendo llegar a ser determinante en regímenes llamados democráticos. En general puede, sin ultraje a la verdad, afirmarse que tanto mayor será la influencia del dinero cuanto más «liberal» y «democrático» sea el régimen de un pueblo. En efecto, los políticos profesionales, para conseguir un mandato parlamentario, necesitan de los votos de la masa. Una campaña electoral para conseguir, para comprar tales votos es costosisima. Las elecciones se transforman en un torneo publicitario en el que, con monótona regularidad, termina por triunfar el candidato que más dinero ha podido gastar en propaganda electoral.

Pero como en la mayoría de los casos, dicho candidato no posee el fabuloso capital necesario para costearse su propia campaña, debe tomarlo prestado. Y nadie da ni presta nada, a cambio de nada; y menos que nadie, un financiero.

Para poder comprar sus votos y, con ellos, su promoción al envidiado cargo de «padre de la Patria», el político profesional ha debido vender o hipotecar su independencia personal al financiero o al grupo de intereses que la utilizarán en su propio beneficio. La consecuencia es que, en régimen democrático o pretendido tal, los gobiernos terminan por no ser otra cosa que Consejos de Administración de gigantescos trusts y monopolios. Y la democracia se transforma en una plutocracia.

Nos excusamos por esta digresión que estimamos necesaria para explicar la verdadera razón del poderío inmenso del judaísmo (32) y su absoluto o casi absoluto predominio en los países de regímenes parlamentarios Y, en el caso concreto que ahora nos ocupa, para aclarar la razón por la cual, en Versalles, y más tarde, en Ginebra, sede de la Sociedad de Naciones, el super capitalismo, la alta finanza apátrida, con absoluto predominio judío, y sirviendo los fines del judaísmo político, pudo imponer sus objetivos a través de puestos clave ocupados por sus hombres. Wilson, nominalmente presidente de los Estados Unidos (33) no era, en realidad, más que el hombre del Federal Reserve Board. Clemenceau era el hombre de los Rothschild (34) con Mandel siempre a su lado. Sonnino era el agente del trust israelita «Olivetti». El japonés Meakino representaba a la Banca Gunzbourg, de Tokio. Lloyd George, por su parte, era el mandatario fiel de la city.

Los pueblos soberanos y sus cacareados derechos no contaron para nada en Versalles. Las «fuerzas secretas e inidentificables» que habían dictado su «paz», prepararán, fatalmente, la siguiente conflagración mundial. La guerra de 1914 18 no fue más que el primer acto del suicidio europeo, que se consumaría en 1945.

Objetivos cumplidos

Del caos en que quedó sumido el mundo civilizado después de Versalles, dos hechos esenciales - los dos objetivos verdaderos de la guerra terminada - emergieron sobre el resto de las injusticias allí cometidas.

El primero fue la consolidación definitiva de la Unión Soviética como estado "soberano" y punto de apoyo del comunismo internacional. De allí tratamos en el siguiente capitulo.

El otro objetivo fue la llamada "Declaración Balfour" concediendo a los judíos un «Hogar Nacional en Palestina, en detrimento de los árabes que vivían en aquel país desde diecinueve siglos. Sorprendente coincidencia fue que ambos acontecimientos capitales - Revolución soviética y promesa del "Hogar Nacional judío" - se produjeran casi simultáneamente.

Para la exposición de los hechos, convendrá dar un salto atrás y situarnos a principios del año 1916. Las tropas francesas, derrotadas, se amotinan; Petain reprimirá duramente la indisciplina e impedirá la desbandada general; Italia ha visto sus ejércitos seriamente diezmados por las tropas austrohúngaras; el coloso ruso se tambalea ante los serios golpes que le propinan los alemanes, turcos y austríacos y, más aún, a consecuencia del derrotismo interior que terminará por alumbrar la sangrienta Revolución de octubre de 1917. Los satélites balcánicos de Londres y París, Serbia, Montenegro y Rumania, se baten en retirada. Inglaterra tropezaba con terribles dificultades; la campaña submarina alemana ponía en peligro el avituallamiento de las islas; en Egipto, el Ejército británico se batía en retirada ante las embestidas turcas, y la pérdida del Canal de Suez parecía inminente.

Fue entonces cuando Alemania ofreció a Inglaterra la paz sobre la base del «status quo ante». Las fronteras europeas de 1914 serían restauradas. Inglaterra no podía hacer otra cosa que aceptar la oferta alemana. A principios de otoño de 1916, las reservas alimenticias de Inglaterra alcanzaban a tres semanas, y la campaña submarina germánica estaba en todo su apogeo. Las reservas de municiones eran todavía menores. El Ejérc ito francés se amotinaba de nuevo e Italia (35), cuyas fuerzas armadas habían sido nuevamente batidas a las puertas de Venecia, negociaba una paz separada. Las tropas zaristas se retiraban tan apresuradamente en Ucrania que la mayor dificultad de la Wehrmacht era mantener el contacto.

Inglaterra estaba en una situación desesperada. Aceptar una «paz tablas» dejaba a salvo el imperio, pero evidentemente representaba un serio golpe moral para Inglaterra, a la par que dejaba a Alemania con las manos libres en el Este de Europa. No obstante, la alternativa era o aceptar la excelente oferta de Berlín y Viena, o perecer de inanición.

Londres había enviado tres misiones diplomáticas a los Estados Unidos desde el comienzo de la guerra, para tratar de persuadir a Washington de entrar en la misma como aliado de Inglaterra. Francia e Italia habían enviado igualmente sendas misiones con igual finalidad e idéntico resultado negativo. Los Estados Unidos estaban haciendo un magnifico negocio con la guerra, vendiendo a ambos bandos beligerantes y haciéndose pagar al contado. Las simpatías de la «Opinión Pública» - es decir, de unos cuantos fabricantes de noticias y comentarios, propietarios de periódicos, emisoras de radio y compañías cinematográficasó, estaban decididamente del lado de Alemania y de sus aliados. La alta finanza de Wall Street, que desde los tiempos del presidente William Howard Taft gobernaba por persona interpuesta en la Casa Blanca, era contraria a la Entente, por ser la Rusia zarista miembro esencial de la misma. Por otra parte, las tropas y autoridades alemanas de ocupación en Polonia y Rusia Occidental trataban a las comunidades judías de tales territorios con «gran comprensión, humanidad y cortesía», como se reconoció oficialmente en el Congreso Sionista de 1916 (36).

En general, el sionismo era partidario de los imperios centrales. La razón es obvia: Palestina formaba parte del imperio otomano, y los sionistas confiaban en que el káiser, que, a parte de ser su aliado, mantenía excelentes relaciones personales con el sultán de Constantinopla, persuadiría a éste de la conveniencia de ceder a los israelitas Tierra Santa para instalar en ella el soñado Hogar Nacional judío. Los prohombres del sionismo, al enterarse de la oferta de paz de Alemania a Inglaterra, y en vista de que el sultán no parecía muy dispuesto a abandonar una parte de su patrimonio en favor de unas gentes que no tenían sobre el mismo ningún derecho, propusieron al Gabinete de guerra británico la incondicional ayuda judía. El acuerdo entre el Gobierno de Lloyd George (37) y la «Zionist World Organization» preveía que, a cambio de la promesa del Hogar Nacional en Palestina que Inglaterra se comprometía a entregarles, los prohombres del judaísmo americano harían entrar a los Estados Unidos en la contienda, al lado de los países de la Entente.

Inglaterra prefirió continuar la lucha en tales condiciones, pues estaba segura de que, con la ayuda norteamericana y la traición del judaísmo contra Alemania en el continente (38) lograría mantener su posición de primera potencia mundial, como resultado de la victoria.

En efecto, Londres temía por encima de todo que Alemania, que contaba a tal efecto con la autorización del sultán, construyera el ferrocarril Berlín Bagdad (en realidad la vía férrea abarcaba desde Hamburgo hasta Basorah, en el golfo Pérsico), lo que pondría en peligro la vieja línea imperial británica: Gibraltar, Malta, Port Said, Suez, Socotra, Adén, Ceylán, Hong Kong. Si Alemania o cualquier otro país europeo deseaba comerciar con países orientales o simplemente entrar con sus buques en el Mediterráneo o salir de él, debía contar con la voluntad inglesa, que con el control del Canal de Suez y la entonces inexpugnable fortaleza de Gibraltar podía cerrar el Mare Nostrum a su arbitrio. El comercio del continente europeo con el Lejano Oriente estaba, pues, a la merced de la Gran Bretaña, cuya flota de guerra, además, era la dueña indiscutible de los mares. La ruta más corta entre Hamburgo y Bombay, si Inglaterra lo quería así, era por el cabo de Buena Esperanza, que, igualmente, estaba bajo la dependencia política de Londres. El camino más corto entre Alemania y la India requería, pues, tres semanas, y el más largo, contorneando Africa ocho semanas. En cambio, el proyectado ferrocarril permitiría hacer el mismo viaje en ocho días. Alemania podría, en caso de conflicto bélico con Inglaterra, llevar un ejército de invasión a las fronteras de la India en menos de una quincena. Inglaterra ofreció sumas astronómicas al sultán para que retirara la concesión del tan traído y llevado ferrocarril a Alemania pero el sultán rehusó.

Que la construcción proyectada de ese ferrocarril fue el verdadero motivo de que Inglaterra se reconciliara con Francia y provocara constantes fricciones con el joven Estado alemán está fuera de toda duda razonable. Igualmente cierto es que fue Inglaterra quien inició la maravillosamente bien construida red de alianzas «defensivas», clarisimamente dirigidas contra Alemania que, en una década, quedó en medio de un «anillo de la muerte» (39) constituido por la Rusia zarista, sus satélites balcánicos, Serbia, Bosnia, Montenegro y Rumania, más Francia, Bélgica, Dinamarca y, naturalmente detrás de la «Home Fleet», Inglaterra. Hasta el lejano Japón, naciente potencia de rango mundial, sería persuadido a entrar en la coalición de las «democracias», así como Portugal y buen número de repúblicas latinoamericanas, económicamente infeudadas a Londres. A última hora se produciría el «coup de théatre» italiano, que completaba el cerco germánico.

La entrada en guerra de los Estados Unidos junto a la Gran Bretaña, la ayuda financiera del sionismo a Francia e Italia, las revueltas «sociales» financiadas en gran parte con dinero judío - de ello hablamos en el siguiente capitulo - desencadenadas con extraordinaria oportunidad en Alemania y Austria, transformaron una victoria alemana que aparecía segura en 1916, en una situación de transitoria igualdad, pese al derrumbamiento de Rusia - la odiada Rusia zarista de los «progroms» ó, para desembocar en la sórdida estafa versallesca.

Los sionistas jugaron la carta alemana desde el comienzo de la guerra. Contaban con una derrota inglesa y con que la influencia personal del káiser sobre el sultán lograría de éste la cesión de Palestina para la implantación del «Hogar Nacional judío» (40). Pero la mala disposición del sultán hacia tal proyecto, el hecho de que Alemania ofrecía a Inglaterra una «paz tablas» sin cambios territoriales, y con retorno a las fronteras de 1914 y, paralelamente, la situación en que se encontraba Inglaterra, que la obligaría a aceptar cualquier condición a cambio de la ansiada participación norteamericana en la contienda, movieron a los prohombres del sionismo a proponer su ayuda a la Gran Bretaña.

Numerosos escritores norteamericanos (entre otros Elizabeth Dillings, Olivia OíGrady, William Guy Carr, Robert Edmondsson, etc.) han narrado detalladamente las medidas tomadas por el judaísmo para hacer entrar en la contienda a los Estados Unidos. Es curioso el cambio que, en unos meses, se hizo dar al presidente Wilson, un auténtico «détraqué» sujeto a deficiencias psicosexuales. Cuando, a principios de 1916, el sionismo todavía espera que el káiser obtendrá para los judíos el territorio de Palestina y Wilson hace tentativas para obtener la paz (una «pax germánica»), y Londres y París ni siquiera se dignan contestar a sus propuestas, Wilson exclamará que "ingleses y franceses hacen gala de una mala fe exasperante". (Véase Georges Bonnet: «Miracle de la France», París 1965, Ed. Fayard).

Es un hecho histórico que la gran Prensa norteamericana cambió bruscamente de orientación a partir del «London Agreement» entre el Gabinete de guerra británico y los sionistas. La propaganda aliadófila alcanzó grados de apología delirante, y las provocaciones antialemanas se multiplicaron.

En cuanto al incidente del Lusitania no fue más que un burdo pretexto. Los mismos americanos admitieron que el barco iba cargado con municiones con destino a Inglaterra, y armado con cañones de largo alcance. (Michael F. Connors: «The Development of Germanophobia».) Según el historiador americano O. Garrisson Willards, en The True Story of the Lusitania, el comandante del buque tomó una ruta opuesta a la que se le ordenó en Nueva York internándose en una zona que se sabía dominada por los submarinos alemanes.

Además el Lusitania fue hundido en febrero de 1915, y los Estados Unidos declararon la guerra a Alemania en abril de 1917, veintiséis meses más tarde. Es, pues, estúpida la versión oficial americana, según la cual Washington declaró la guerra en un rapto de indignación por el hundimiento del pacifico transatlántico. Inmediatamente después de la pérdida del Lusitania, el Gobierno americano reconoció oficialmente que Alemania estaba justificada en su acción contra el buque, de acuerdo con el Derecho Internacional, con las Convenciones de La Haya sobre la conducción de la guerra submarina, y más aún con la práctica corriente, incluso en la paz, según el derecho a la legítima defensa que asiste a todas las naciones. En 1915, Alemania, para hundir al Lusitania cargado de municiones - usó el mismo derecho vital que los norteamericanos en 1962 para amenazar con hundir a los mercantes rusos, portadores de armamento atómico con destino a Cuba y eso que entre yankees y cubanos no existía estado de guerra declarada.

El pueblo alemán no tuvo conocimiento de esa auténtica «puñalada en la espalda», propinada por quien se suponía un viejo y fiel aliado, hasta el año 1919, en plena Conferencia de Versalles, cuando 117 dirigentes sionistas, a cuyo frente se hallaba Bernard Mannes Baruch, el «procónsul de Judá en América» le reclamaron a los ingleses el pago de su «libra de carne».

No obstante, Inglaterra no podía entregar Palestina a los judíos sin engañar a los árabes. Sin escrúpulo alguno, Londres vendió a los musulmanes y cristianos de Tierra Santa al sionismo internacional. Esto constituye una de las más sórdidas estafas de la Historia Contemporánea.

En efecto, a finales de 1915, cuando los turcos habían ocupado Sollum, la expedición fra ncobritánica a Gallipoli había terminado en un completo «fiasco», y el general Townshend se encontraba sitiado y en trance de rendirse en Kut el Amara, la defensa del Canal de Suez parecía imposible. Inglaterra necesitaba la ayuda de los árabes para continuar la guerra. Su única solución consistía en organizar la sublevación de los árabes, entonces sujetos del sultán de Constantinopla. Los árabes prometieron a Inglaterra luchar a su lado contra los turcos, a cambio de la promesa británica de ser libres de todo control extranjero una vez victoriosamente terminada la guerra. Es un hecho histórico que solamente gracias a la ayuda árabe pudo Inglaterra conservar el control del Canal de Suez.

Sir Henry MacMahon, alto Comisario británico en Egipto, había prometido solemnemente. en el nombre del imperio británico al Emir de la Meca que, a cambio de la ayuda árabe a los Aliados la Gran Bretaña reconocería la independencia de un Estado árabe en territorios que incluían Palestina. Los limites de esos territorios, prometía oficialmente MacMahon, serían los siguientes:

- Mersina, en el Norte.
- Las fronteras de Persia, hasta el golfo de Bassorah, en el Este.
- El océano Indico, excepto Adén, en el Sur.
- El mar Rojo, y el mar Mediterráneo, en el Oeste.

Un simple vistazo al mapa muestra que Palestina formaba parte de ese territorio. Sir Henry MacMahon hizo su promesa formal, en el nombre del Gobierno británico, en un memorándum fechado el 25 de octubre de 1915. El Gobierno británico confirmó oficialmente las promesas de Mac Mahon y el acuerdo fue firmado. Pero mientras millones de árabes luchaban y doscientos mil perdían la vida en la guerra de Inglaterra creyendo se batían también por la libertad árabe, el ministro de Asuntos Exteriores inglés, Lord Arthur Balfour, vendía alegremente Palestina al sionismo a cambio de la promesa de los líderes de éste de provocar la entrada de los Estados Unidos en la guerra y de retirar todo su apoyo a Alemania.

Como complemento de esa traición, Inglaterra y Francia, según los términos del acuerdo Sykes - Picot, se entendían para repartirse los territorios árabes - entonces bajo soberanía turca - al final de la guerra. Ramsey MacDonald, Primer Ministro de Su Majestad en 1923, resumió así esta triple maniobra:

«Nosotros provocamos una sublevación árabe en todo el imperio otomano, a cambio de la promesa de crear un Estado árabe independiente con las provincias árabes que formaban parte de aquél, incluyendo Palestina. Al mismo tiempo, animamos a los judíos del mundo entero a que nos ayudaran y contribuyeran a hacer entrar a los Estados Unidos en la contienda, a nuestro lado, prometiendo poner a disposición de los sionistas, y bajo su soberanía, las tierras de Palestina; y también al mismo tiempo, firmamos con Francia el Pacto Sykes Picot, repartiéndonos el territorio que habíamos ordenado a nuestro alto comisario MacMahon que prometiera a los árabes a cambio de su ayuda. Muy difícil será encontrar en toda la Historia Universal un caso de más cruda duplicidad, y no podremos escapar a la reprobación mundial que será su justa secuela» (41).

Y así, mediante este triple engaño, respaldado por el falso sentimentalismo de la creación de un «Estado refugio para los judíos «víctimas de prejuicios religiosos», el sionismo obtenía los siguientes beneficios:

a) Una posición clave en el Oriente Medio, encrucijada de tres continentes.
b) El control directo del oleoducto del Irak, cuya terminal se hallaba en Haifa.
c) Una «doble nacionalidad» para los judíos.
d) Las riquezas del mar Muerto (cloruro cálcico, magnesio y, sobre todo, potasas).
e) La proximidad con el Canal de Suez y las zonas petrolíferas de Siria e Irak.

A pesar de los esfuerzos hechos por Inglaterra - que se reservó, como sabemos, Palestina como mandato de la Sociedad de Naciones - entre 1919 y 1948, solamente 600.000 judíos pudieron aposentarse en su «Hogar Nacional», debido a la feroz resistencia de los árabes. Fue necesaria la masiva ayuda norteamericana y soviética, al final de la Segunda Guerra Mundial para aplastar a los árabes de Tierra Santa, mientras Inglaterra se salía como buenamente podía del avispero que ella más que nadie había contribuido a crear.Lord Melchett (a) Alfred Mond (a) Moritz, entonces presidente del mastodóntico trust «Imperial Chemical Industries» dijo, el 14 de junio de 1928, ante el Congreso sionista reunido en Nueva York:

«Si os hubiese dicho en 1913, que el archiduque austríaco sería asesinado y que, junto a todo lo que se derivaría de tal crimen; surgiría la posibilidad, la oportunidad y la ocasión de crear un hogar nacional para nosotros en Palestina... me hubieseis tomado por un ocioso soñador. Mas. . . ¿Se os ha ocurrido pensar cuán extraordinario es que de toda aquella confusión y de toda aquella sangre haya nacido nuestra oportunidad. . .? ¿De veras creéis que sólo es una casualidad todo eso que nos ha llevado otra vez a Israel?»

Según parece deducirse de las palabras del «noble Lord», él -persona enterada e iniciada si las ha habido- no cree que «todo eso» (asesinato provocación del archiduque Francisco Fernando y consiguiente guerra generalizada entre los principales Estados europeos) fuera una casualidad.

Como tampoco fue -posiblemente- una casualidad que fuera Gavrilo Princip quien lo perpetrara, y que el tal Princip, y cuatro de sus seis cómplices, fueran correligionarios del multimillonario Lord de los múltiples alias.

De esa casualidad, de esa coincidencia elevada al rango de constante histérica, hablamos en el siguiente articulo, dedicado al comunismo «ruso».

Notas:

1) Los territorios de Alsacia y Lorena habían sido anexados por Francia. haciendo caso omiso de todos los tratados anteriores, después de 800 años de formar parte de estados germánicos.
He aquí los nombres, tan franceses, de las poblaciones alsacianas de más de cinco mil habitantes: Strasbourg, Mulhausen, Reichshoffen, Pechelbronn, Wissenbou Thann, Savern Haguenau Huningen. Pablsboutg. Colmar, Altkirch, Sohirmeck, Schiltigheim Gtxebwiller, Brischen, Rrumath, Munster. Bitche, Merlebach, Niederbronn, Saarabbe.

(2) Declaración ante la Cámara de los Comunes, 3-III-1919

(3) La defensa de Serbia fue el pretexto oficial de la Entente para «su» guerra. Y, vencedoras las democracias, Serbia pierde su libertad, al ser integrada, por fuerza, en el amorfo conglomerado yugoslavo. También en 1939 se haría la guerra por Polonia y, al llegar la Victoria, los polacos se convertirían en satélites soviéticos.

(4) Declaración ante la Cámara de los Comunes, 2-X-1915.

(5) Mensaje de Woodrow Wilson al Senado, el 21-1-1917.

(6) Los bien conocidos abusos de las tropas coloniales francesas, benévolamente tolerados, cuando no fomentados, por las autoridades Aliadas de ocupación, fueron reconocidos por la prensa francesa de la época, con las publicaciones izquierdistas en cabeza.

(7) Conferencia de Prensa del 27-Vll-1922.



(8) Peter v. Kleist Auch Du warst dabei!

(9) Peter Kleist: Op. ch.

(10) P. Sorokin: Social and Cultural Dynamics.

(11)Ouincy Wright: A Study of War, Universidad de Chicago, 1942.

(12) Russell Grenfell: Unconditional Hatred, pág. 55.

(13)William L. Langer: European Alliances and Alignements, 1871-1890, Nueva York.1950

(14) Ya sea por accidente, ya por decisión unilateral de un general ruso desquiciado, el caso - hoy generalmente admitido - es que fueron tropas rusas las primeras en pe-netrar en territorio alemán, antes de la declaración de guerra.

(15) Los principales historiadores revisionistas fueron, precisamente, ingleses y norteamericanos: Grenfell, Harry Elmer Barnes, Charles Callan Tansill, Oswald Gartison Willards, Hartley Grattan y muchos más. Dicho sea en su honor y en el de sus respectivas patrias.
Pero más peso aún que los estudios de esos historiadores, tienen las manifestaciones post facto de los jefes de Estado de las cuatro principales potencias de la Entente, Poincaré, Wilson, Lloyd George y Nitti, el ministro de la Guerra ruso, Suchomlinow. y el Jefe del Estado Mayor francés, mariscal Joffre: «Cuando leemos los documentos oficiales anteriores a 1914, más nos convencemos de que nadie deseaba, realmente, la guerra» (Lloyd George). «Ni Alemania ni Austria-Hungría tuvieron, jamás, la intención de provocar esta guerra» (Poincaré). «La Gran Guerra no ha tenido otro motivo que los intereses económicos de unos y otros " (Wilson). «La afirmación de la culpabilidad alemana fue un arma propagandística. Nada más» (Nitti). «Ni siquiera Clemenceau cree que Alemania es la única culpable" (Suchomlinoff). «La intervención de Inglaterra estaba prevista desde mucho tiempo antes (de su entrada en la guerra)» (Autor). «Nosotros contábamos con el apoyo no sólo de las seis divisiones inglesas, sino también de los belgas» (Joffre). (Citado por Peter Kleist, óp. cit., y De Poncins. El testimonio de Joffre fue depuesto ante una Comisión parlamentaria, el 6-VII-1919.

(16) En la S. de N. el Imperio Británico estaba representado por Inglaterra, Ulster, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y la India. Los seis delegados votaban, naturalmente, en bloque.
Además, existían diversas «ficciones nacionales», como el pseudo estado de Hedjaz,villorrio medieval a orillas del mar Rojo, cuya independencia había sido reconocida por Inglaterra. Huelga decir que el emir del Hedjaz vivía de los subsidios de la City y del lucrativo negocio de la trata de esclavos y votaba siempre, en Ginebra, en favor del Reino Unido

(17) Es un hecho histórico que el interés de París por la Alsacia y la Lorena arranca, cronologicamente, del momento en que se descubren las minas de potasa de Mulhausen,los yacimientos petrolíferos de Pechelbronn y el carbón y el hierro en la cuenca del Mosela

(18) No puede olvidarse que Viena pudo hacer más para impedir la guerra. Recuérdese la frase del Káiser al monarca de Austria -Hungría: «¡Está usted haciendo dema-siado ruido con mi sable!»

(19) Savitri Devi: The Lightning and the Sun.

(20) Peter Kleist: Op. cit.

(21) (21) Michael F. Connors: The Developntent of Germanophobia.

(22) Paul Rassinier nos recuerda, en su documentada obra "Le véritable procés Eichmann... ou les vainqueurs incorregibles" que, si los tratados internacionales fueran de vigencia eterna, como pretendían los apólogos de Versalles, habría que validar ciertos tratados anteriores, nunca explícitamente derogados, que producirían muy curiosas situaciones. Así por ejemplo, según el Tratado de Troyes, firmado en 1420. los reyes de Inglaterra tienen derecho pleno a la Corona de Francia; según el Tratado de Madrid, firmado por Francisco I y Carlos V, Francia hubiera debido ceder Borgoña a España; según el propio Tratado de Versalles, los Aliados hubieran debido iniciar el desarme, como hizo Alemania, etc.

(23) Georges Champeaux: La Grande Croisade des Démocraties.

(24) Georges Bonnet: Mirarle de la France, Ed. Fayard. París, 1965.

(25) El ministro francés Philippe Berthelot contaba la siguiente anécdota: Una mañana, Wilson, Clemenceau y Lloyd George discutían acerca del trazado de la frontera polaca. De pronto, la conversación se interrumpió y los tres estadistas se fueron a consultar un mapa desplegado sobre una mesa, permaneciendo silenciosos durante largo rato: «Venez done à notre aide, Berthelot; á nous trois, nous ne sommes pas foutus de trouver la Vistule!» (Venga en nuestra ayuda, Berthelot; entre los tres somos incapaces de encontrar el Vístula!» «Helo aquí, señor presidente -dijo Berthelot -. Este es un mapa alemán, y en alemán el Vístula se llama Wechsel.» «;Aaaahhh!», exclamaron a coro los amos del mundo. (Georges Champeaux: La Croisade des Democraties.)

(26) Lloyd George fue, durante varios años, abogado del Movimiento Sionista en Inglaterra. La colosal fortuna de los Sassoon - íntimos y asociados del Premier británico - fue amasada con el tráfico ilegal del opio, hecho público y notorio y jamás desmentido por nadie. El padre de Sir Philip, el «rey del opio», se casó con Aline de Roth-schild, de París.

(27) Antes de su accesión a la Presidencia de los Estados Unidos, Woodrow Wilson había sido un alto empleado de la poderosa firma bancaria judía «Kuhn, Loeb & Co.», del Federal Reserve Board. Su campaña electoral había sido pagada por un consorcio de financieros de Wall Street, judíos en sus cuatro quintas partes, como mínimo. Antes de tomar una decisión importante, el Presidente consultaba con su "Brain Trust", integrado por los hebreos Brandeis (presidente del Tribunal Supremo, Mandell House, Bernard M. Baruch y el medio judío William C. Bullit.

(28) El verdadero nombre de Mandel era Rothschild, pero no estaba emparentado con los banqueros del mismo nombre.

(29) Multimillonario, emparentado con la judaizada alta nobleza de Inglaterra y propietario del conocido rotativo The Daily Telegraph. (Leonard Young: Deadlier than, the H Bomb, pág. 50).

(30) A. H. M. Rampsay: The Nameless War, pág. 57

(31) Rabino Stephen Wise: Años de Lucha.

(32) Nos referimos, claro es, al Judaísmo como movimiento político; no a la religión mosaica y menos aún, al pueblo judío en su totalidad.

HT

Nota:

La transcripción es textual, y no necesariamente implica aceptacion de todos sus terminos. (Ver Nota aclaratoria)

Fuentes:

Joaquin Bochaca. La historia de los vencidos